Saltar al contenido
Índice de contenido
Sontag, Rodríguez Ocaña, Duby, Cueto · UNMDP · 2026
Núcleo 1

De la historia de la medicina a la historia social de la salud y la enfermedad

Cómo la enfermedad deja de pensarse solo en clave biológica y pasa a leerse como metáfora, experiencia colectiva y objeto de la historia social.

Esta unidad reúne cuatro textos que, juntos, muestran un cambio de mirada: pasar de contar la historia de la medicina como una sucesión de descubrimientos heroicos a entender la salud y la enfermedad como fenómenos sociales, atravesados por el miedo, el estigma, la política y el lenguaje. Susan Sontag analiza cómo hablamos de enfermedades como el cáncer o la tuberculosis usando metáforas que van mucho más allá de lo biológico. Esteban Rodríguez Ocaña describe qué tienen en común las grandes epidemias de la historia, desde la peste negra hasta el Sida. Georges Duby, en una entrevista, compara directamente la peste medieval con la aparición del VIH en los años ochenta. Y Marcos Cueto discute qué lugar ocupa (y qué lugar debería ocupar) la historia dentro de la salud pública y la formación de quienes trabajan en salud.

Ninguno de estos textos pide conocimientos previos de historiografía: están escritos para que cualquier persona interesada en la salud pueda seguir el argumento. Lo que sí piden es soltar la idea de que la enfermedad es “solo” un hecho biológico. Cuando decimos que alguien “lucha contra el cáncer” o que el Sida “castiga” ciertas conductas, no estamos describiendo un virus o una célula: estamos poniendo en juego valores morales, miedos colectivos y relaciones de poder. Eso tiene consecuencias muy concretas en la clínica y en la salud pública.

Para quien se está formando en medicina, esta mirada es una herramienta de trabajo, no un adorno. Entender por qué ciertas enfermedades generan pánico o rechazo, por qué se buscan “culpables” en cada epidemia, o por qué algunos diagnósticos se ocultan y otros no, ayuda a comunicarse mejor con los pacientes, a diseñar políticas sanitarias más justas y a no repetir, frente a cada nueva enfermedad, los mismos errores que ya cometimos con la peste, la lepra, la tuberculosis o el VIH.


1. La enfermedad como metáfora (Sontag)

Susan Sontag arranca “La enfermedad y sus metáforas” con una imagen fuerte: todos tenemos doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos, y tarde o temprano vamos a tener que usar el segundo pasaporte, aunque preferimos no pensarlo. Su punto no es describir cómo es realmente estar enfermo, sino mostrar las fantasías punitivas o sentimentales que la cultura construye alrededor de ciertas enfermedades. La tesis central del libro es que la enfermedad no es una metáfora, y que la manera más sana de atravesarla es resistir precisamente esa tentación de metaforizarla, aunque reconoce que es casi imposible no dejarse influir por esas imágenes cuando uno mismo está enfermo. Sontag aclara desde el principio que no le interesa la enfermedad física “en sí”, sino el uso que se hace de ella como figura: la enfermedad como castigo, como invasión, como guerra, como revelación de un carácter oculto.

Para demostrar esto, dedica buena parte del libro a comparar dos enfermedades separadas por casi un siglo: la tuberculosis del siglo XIX y el cáncer del siglo XX. Elige justamente estas dos porque, dice, son las que “conllevan, por igual y con la misma aparatosidad, el peso agobiador de la metáfora”. Ambas cargaron, en su momento, con el estatuto de enfermedades intratables y caprichosas, es decir, incomprendidas, precisamente en una época en la que la medicina suponía que todas las enfermedades podían curarse. Ese contraste entre la promesa general de cura y el fracaso puntual frente a una enfermedad concreta es, para Sontag, el caldo de cultivo de la mitificación: cuando la ciencia no puede explicar algo, la cultura lo llena de sentido moral.

Las metáforas que produjeron la tuberculosis y el cáncer terminaron siendo casi opuestas en casi todos sus rasgos. La tuberculosis se imaginó como enfermedad de la pasión, del deseo desbordado, incluso como una especie de afrodisíaco: se suponía que aumentaba el apetito sexual y confería poderes de seducción, y los personajes tuberculosos de la literatura (los internados del sanatorio de “La montaña mágica”, por ejemplo) siguen con energía y vitalidad hasta el final. El cáncer, en cambio, se asoció a la represión emocional, a “guardarse todo adentro” hasta que el cuerpo se rebela: Sontag repasa la teoría de Wilhelm Reich, quien definía el cáncer como una “enfermedad que nace de la represión emocional”, y llega a explicar el cáncer que padeció Freud como resultado de una vida sexual insatisfecha pese a su pasión de carácter. Frente a esto, Sontag es tajante: le parece una fantasía sin base científica, pero la analiza igual porque revela cómo pensamos culturalmente la enfermedad.

Los contrastes siguen en varios planos más. La tuberculosis se pensó como enfermedad de la pobreza, de ciudades húmedas, de cuerpos flacos y habitaciones frías; el cáncer, en cambio, se volvió una enfermedad asociada a la opulencia, a los países ricos, a una dieta excesiva en grasas y proteínas. La tuberculosis afecta, en el imaginario popular, un solo órgano “noble” y espiritualizado, el pulmón, vinculado a la respiración y por lo tanto al alma; el cáncer, en cambio, puede aparecer en cualquier órgano, y elige preferentemente los que “no se confiesan fácilmente” (colon, recto, vejiga, próstata, testículos), lo que le suma una vergüenza extra a la enfermedad misma. Incluso el ritmo de cada enfermedad se metaforizó distinto: la tuberculosis se vive como una enfermedad del tiempo, que acelera la vida y hasta “poetiza” la muerte (Sontag cita el caso de Thoreau, tuberculoso, escribiendo que “la muerte y la enfermedad suelen ser hermosas”); el cáncer, en cambio, avanza lento e insidiosamente, y su metáfora dominante no es el tiempo sino el espacio: el tumor “invade”, “prolifera”, “se extiende”, lenguaje bélico que todavía usamos hoy cuando hablamos de “luchar contra el cáncer”.

Estas metáforas no son un detalle literario: tienen efectos reales sobre cómo se trata a los pacientes. Sontag muestra que durante décadas se ocultó el diagnóstico de cáncer a los propios pacientes (y a veces solo se les decía a las familias), porque se consideraba una palabra casi obscena, capaz de matar por sí sola según algunos médicos de la época: cita el caso de un oncólogo francés que le contó que menos del diez por ciento de sus pacientes sabía que tenía cáncer. Eso generaba secretismo, correspondencia médica enviada en sobres sin membrete para no delatar el diagnóstico frente a la familia o el entorno laboral, y hasta prácticas de “descontaminación” por parte de parientes y amigos, como si el cáncer fuera una enfermedad infecciosa. Sontag compara esto con la enfermedad cardíaca, que estadísticamente puede ser igual de mortal pero a nadie se le ocurre ocultarla, precisamente porque no carga con la misma metáfora de vergüenza y obscenidad.

Para la práctica médica, el aporte central de Sontag es doble. Por un lado, invita a revisar el propio lenguaje clínico: hablar de “batallar” contra una enfermedad, de pacientes “vencidos” o de tumores que “invaden” no es neutro, y puede sumar una carga moral (de derrota, de culpa, de fracaso personal) al sufrimiento físico que ya trae la enfermedad. Por otro lado, advierte sobre el riesgo de callar diagnósticos “para proteger” al paciente: la ocultación, lejos de aliviar, suele profundizar el aislamiento y el miedo de quien está enfermo, porque lo deja solo frente a una amenaza que además no puede nombrar.

2. Qué tienen en común las epidemias (Rodríguez Ocaña)

Esteban Rodríguez Ocaña propone una definición histórica de epidemia, distinta de la técnica: no cualquier enfermedad frecuente es una epidemia, sino aquella que se vive como una amenaza grave para la sociedad entera, por su rapidez de expansión, su alto número de casos y su alta letalidad, cuyo origen hoy reconocemos como biológico (microorganismos), pero cuyo campo semántico —la palabra misma, con su carga de catástrofe— nació mucho antes de que existiera la microbiología, de la experiencia colectiva de enfermedad que atraviesa toda la literatura antigua. El autor aclara además que esta definición histórica no reemplaza a la técnica actual (la que usan hoy los sistemas de vigilancia epidemiológica), sino que la complementa: reconoce como epidemias, en sentido histórico, episodios que no siempre alcanzaron la escala de una catástrofe sanitaria formal.

El artículo recorre varios ejemplos concretos para mostrar la magnitud de estos eventos: la peste negra, que según distintas estimaciones le costó a Europa unos 20 millones de personas entre 1346 y 1352 (casi cuatro quintas partes de quienes se contagiaban morían); un episodio de fiebre amarilla en Écija, Andalucía, donde en 1804 se contó un muerto cada dos habitantes; la fiebre amarilla en Cádiz en 1800, donde se decía que la suma de enfermos y convalecientes igualaba a toda la población de la ciudad; y la gripe pandémica de 1918-19, con cálculos de entre 20 y 30 millones de muertos en apenas un año en todo el mundo. El objetivo de acumular estos números no es solo dimensionar el horror, sino mostrar que, aunque los agentes biológicos cambian por completo (una bacteria, un virus, una toxina), el modo en que las sociedades viven la epidemia se repite con una regularidad sorprendente a lo largo de los siglos: es lo que el autor llama una perspectiva de “larga duración”.

A partir de esa larga duración, Rodríguez Ocaña identifica varias características que casi todas las epidemias comparten. La primera es el desconcierto poblacional: la epidemia es “el reino de la muerte”, inesperada y ubicua, que se propaga con la rapidez del fuego (una metáfora que ya usaba Isidoro de Sevilla en el siglo VII para la peste, y que el antropólogo Paul Farmer retomó en 1999 para describir el Ébola). Las autoridades, civiles o militares, suelen resistirse a aceptar la declaración de epidemia hasta que el número de enfermos y, sobre todo, de entierros, se vuelve imposible de ignorar. La segunda es el miedo, alimentado tanto por la letalidad real o supuesta de la enfermedad como por la incertidumbre médica (la ausencia de tratamiento o prevención eficaz) y, desde que existe la prensa, por el propio ritmo y tono de las noticias: el autor cita un folleto de las autoridades sanitarias francesas de 1832 sobre el cólera, que advertía que el miedo a la enfermedad causaba más daño que la enfermedad misma. La tercera característica es el desorden social: se suspenden negocios, se abandonan los campos de cultivo, se interrumpe el transporte público (como los tranvías durante la gripe de 1918) e incluso se ven comprometidas operaciones militares. Y la cuarta es la desconfianza hacia la autoridad, tanto más profunda cuanto mayor es la distancia sociocultural entre quien gobierna y quien sufre la epidemia, que históricamente coincidió muchas veces con insurrecciones y disturbios de orden público.

El artículo también repasa cómo cambió, a lo largo de los siglos, la explicación médica del contagio. Durante mucho tiempo convivieron dos teorías rivales: la idea de contagio directo (de persona a persona) y la teoría atmosférica o miasmática, que atribuía la enfermedad al aire “viciado” —lo que técnicamente se llamó infección—. Ambas ideas terminaron fusionándose en la noción de “causa universal”, que la naciente microbiología validó recién a partir del último cuarto del siglo XIX. Mientras tanto, de esa incertidumbre nacieron las primeras respuestas prácticas frente al contagio: por un lado, la huida individual, resumida en el consejo que Benjamin Franklin dio ante la fiebre amarilla (“alejarse pronto, ir muy lejos y ausentarse por mucho tiempo”), una práctica que entendía la salud como un asunto privado; por otro lado, las medidas de aislamiento o cuarentena, pensadas desde una lógica de salud comunitaria, que comenzaron en la Ragusa veneciana (la actual Dubrovnik) en 1377 para controlar barcos sospechosos de venir de zonas epidemiadas, y que a partir del siglo XVII se extendieron también a las comunicaciones terrestres y a poblaciones enteras, acompañadas de cordones militares para hacerlas efectivas. A esto se sumaron las prácticas desinfectoras derivadas del paradigma atmosférico: quemar hierbas aromáticas, disparar cañonazos sin bala para “mover” el aire, y luego, desde fines del siglo XVIII, fumigar con ácidos minerales.

Estas cuarentenas, señala el autor, funcionaban como auténticos estados de sitio contra las localidades atacadas: se obstruía todo el tráfico comercial, faltaban y se encarecían las subsistencias, y se arruinaba a empresas y familias enteras, un costo social y económico enorme que muchas veces se sumaba al de la enfermedad misma. Rodríguez Ocaña cierra su recorrido situando la profesionalización de la respuesta sanitaria: recién con la incorporación de los principios liberales y la organización estatal de la sanidad —inaugurada en Inglaterra en 1848 y en España en 1855— se superó la vieja jurisdicción especial donde la autoridad militar acumulaba las funciones de acusación y juez frente a una epidemia, y surgió un nuevo nicho profesional, el de los higienistas o salubristas, cuya legitimidad social dependería, desde entonces, de la credibilidad de sus funciones de defensa sanitaria.

3. Peste negra y VIH/Sida: la larga duración de los miedos (Duby)

Georges Duby, en esta entrevista, hace algo muy directo: pone en espejo la peste negra de 1348 y la aparición del Sida a comienzos de los años ochenta, dos episodios separados por más de seiscientos años pero que despiertan reacciones sociales asombrosamente parecidas. Antes de la peste negra, explica Duby, Europa ya conocía epidemias, pero de otra escala: el “mal de los ardientes” o “fuego de San Antonio” del año mil, que hoy se sabe que era una enfermedad por carencia provocada por el consumo de cornezuelo de centeno mezclado en la harina, generaba un terror inmenso porque nadie conocía su causa ni su remedio. Un cronista de la época lo describía como “un fuego escondido que ataca un miembro, lo consume y lo despega del cuerpo” en una sola noche. Frente a esa ignorancia total, el único recurso disponible era lo sobrenatural: Duby cuenta que los obispos de Aquitania se reunieron cerca de Limoges con reliquias de santos (el cuerpo de San Marcial, entre otros) y el mal cesó “de súbito”, aunque en realidad, aclara Duby, lo que ocurría era que el propio organismo humano aprendía a defenderse, no que la intervención del santo curara la enfermedad. Estos episodios del año mil dejaban muertos, pero no alcanzaban la escala de una catástrofe sanitaria continental.

Recién con la peste de 1348 aparece algo cualitativamente distinto. La enfermedad se transmitía sobre todo por parásitos —pulgas y ratas— y era exótica para el organismo europeo, que carecía de defensas frente a ella. Un punto central del argumento de Duby es que esta catástrofe, lejos de ser solo una desgracia externa, fue también “efecto del progreso, del crecimiento”: la peste vino desde Asia por la ruta de la seda, transportada por barcos genoveses que comerciaban hasta Crimea, donde esos comerciantes tenían almacenes propios y estaban en contacto con mercaderes asiáticos. Desde ahí, la enfermedad hizo escala en Sicilia (contagiada en 1347), pasó al sur de Italia y llegó a Avignon —entonces sede del papado y, según Duby, “la nueva Roma”— vía Marsella. Desde Avignon se extendió de manera fulminante por casi toda Europa: durante el verano de 1348, entre junio y septiembre, murió aproximadamente un tercio de la población europea, algo que Duby ilustra con una comparación concreta: es como si en la región de París de hoy, con doce millones de habitantes, murieran cuatro millones de personas en apenas tres meses. Uno de los problemas prácticos más urgentes, señala, fue directamente dónde enterrar a tantos muertos, porque ni siquiera había madera suficiente para fabricar ataúdes.

Duby también nota que la desigualdad social atravesó la peste desde el inicio: los sectores que vivían con más higiene —generalmente los más acomodados— se enfermaban menos, mientras que comunidades enteras de personas pobres podían ser arrasadas casi por completo, como ocurrió en un convento de Montpellier donde murieron los cuarenta y cinco franciscanos que vivían ahí. En cuanto a la respuesta médica, Duby matiza: no hubo avances terapéuticos reales (los médicos de la época sabían que el aire viciado propagaba las miasmas y aconsejaban quemar hierbas aromáticas en las calles, pero ignoraban que había que combatir a las pulgas), pero sí se registra un aumento notable de los deseos de ayudar a quienes sufrían: mucha gente se ofrecía voluntariamente para enterrar muertos y cuidar enfermos, sabiendo que arriesgaba la propia vida. Las consecuencias sociales de la mortalidad masiva fueron profundas y a largo plazo: al desaparecer de golpe un tercio o la mitad de la población, hubo menos gente para repartirse bienes y herencias, lo que paradójicamente elevó el nivel de vida general durante el siglo siguiente, mientras la peste persistía en forma endémica, con brotes cada cuatro o cinco años, hasta que a comienzos del siglo XV el organismo humano finalmente desarrolló anticuerpos. En el plano cultural, la marca fue igual de honda: se multiplicaron en el arte y la literatura las imágenes de esqueletos y danzas de la muerte, un imaginario macabro que todavía asociamos a la Edad Media.

Duby dedica también un tramo importante a la circulación de la información y a las respuestas institucionales durante la peste, que le sirven para trazar otro paralelismo con el presente: la gente sí se enteraba, con bastante rapidez, de que la epidemia avanzaba (muy pronto en Avignon se supo que en Marsella “morían como moscas”), y esa información generaba respuestas de encierro preventivo, como los jóvenes que imagina Boccaccio en el Decamerón, que se aíslan en el campo para esperar a que pase la peste en Florencia. Los concejos municipales del sur de Francia, que ya existían como organismos de gobierno local en el siglo XIV, tomaron medidas concretas: cerrar las murallas y prohibir el ingreso de extranjeros, sospechosos de traer la enfermedad. Duby señala que este patrón de encierro urbano se repitió casi igual siglos después, incluso durante el cólera de 1832 (que el escritor Jean Giono investigó para su novela “Le Hussard sur le toit”): las ciudades se repliegan sobre sí mismas y desconfían del extraño, porque se sospecha que trae consigo la corrupción.

El paralelismo más fuerte que traza Duby, sin embargo, es el de la búsqueda de culpables. Frente a la peste, se acusó a judíos y leprosos de envenenar los pozos, y esa acusación desató violencia real contra esos grupos, señalados como instrumento de un Dios vengador que castigaba a sus criaturas por sus pecados. Duby dedica un pasaje aparte a la lepra, que en la Edad Media era una categoría mucho más amplia que la actual (bajo ese nombre entraba casi cualquier erupción cutánea visible, como la escarlatina) y que cargaba con un terror sagrado propio: se creía que la podredumbre del cuerpo leproso reflejaba la podredumbre del alma, y que además el leproso estaba dominado por un apetito sexual desviado, motivo por el cual se los aislaba en leprosarios. Aun así, Duby marca que hubo excepciones notables de compasión, como Francisco de Asís, que abrazó a un leproso que se cruzó en su camino, o las mujeres del norte de Francia que dedicaban su vida a bañar y cuidar enfermos de lepra; incluso hubo un rey leproso, Balduino de Jerusalén, lo que muestra que la enfermedad, a diferencia de la peste, no discriminaba por clase social.

Frente al Sida, en los años ochenta, el dedo acusador apuntó a las comunidades homosexuales y a los usuarios de drogas: Duby recuerda incluso propuestas políticas concretas de aislar a las personas con VIH, como la que impulsó el político francés Jean-Marie Le Pen, en un eco casi literal del antiguo aislamiento de los leprosos. El mecanismo de fondo es el mismo que con la peste: convertir a un grupo social en explicación y en chivo expiatorio de una amenaza que en realidad afecta a toda la sociedad. Pero, igual que con la peste, Duby insiste en que junto al miedo y el rechazo también aparecieron gestos de solidaridad: menciona que confía más en un “impulso generoso, de ayuda colectiva” frente al Sida que frente a la miseria material, y señala que, más allá de los reflejos de autodefensa y repliegue que puedan sobrevivir, en torno a esta enfermedad también nacieron nuevas redes de apoyo y activismo comunitario, lo que muestra que el miedo colectivo no es la única respuesta posible ante una epidemia.

4. De la historia celebratoria a la historia social de la salud (Cueto)

Marcos Cueto escribe este texto como comentarista de un artículo sobre historia, salud y trabajadores de salud en Brasil, y aprovecha la ocasión para plantear una pregunta más amplia: ¿pueden los historiadores de la salud mantener un diálogo fructífero con quienes trabajan efectivamente en salud pública? Para responderla, hace un repaso histórico de cómo cambió el lugar de la historia dentro del campo sanitario. Señala que hasta hace pocas décadas predominaba una “historia de progreso ininterrumpido y acrítica” de la medicina, una narrativa celebratoria que contaba los grandes descubrimientos científicos sin detenerse en sus tensiones sociales, económicas o políticas: una historia hecha, en buena medida, para reforzar el prestigio de la propia profesión médica.

Ese modelo empezó a resquebrajarse en la década que arranca en 1980, por dos procesos que ocurrieron casi al mismo tiempo. El primero fue la aparición del Sida, que generó un interés urgente por comprender cómo surgen y cómo se controlan las epidemias, y que llevó a que revistas médicas de peso convocaran directamente a historiadores: Cueto cuenta que el historiador Roy Porter fue invitado por el British Medical Journal en 1986 a opinar sobre las respuestas sanitarias al Sida, y advirtió con firmeza contra el estigma y la persecución de los primeros años de la epidemia. El segundo proceso fue la crisis y el fin de la Guerra Fría, que rompió la certeza de que el Estado de Bienestar iba a resolver por sí solo los problemas sociales, y que coincidió con el auge del neoliberalismo y con críticas, desde distintos sectores intelectuales latinoamericanos, a la idea de que la salud pública era simplemente una función automática del Estado.

En América Latina, este giro coincidió además con un proceso político propio y decisivo: el fin de las dictaduras militares y el regreso a gobiernos democráticos durante los años ochenta, con nuevas orientaciones en los Ministerios de Salud. Sumado a una mayor apertura en las universidades, esto creó un ambiente favorable para el desarrollo de una historia social y crítica de la salud, distinta de la historia institucional que solo celebraba el pasado. Cueto rescata especialmente la figura de Juan César García, quien trabajó en la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y conectó la investigación histórica con los problemas concretos del personal sanitario: estudió la relación entre el contexto económico y la medicina estatal latinoamericana de comienzos del siglo XX, y desde la División de Recursos Humanos de la OPS denunció que las escuelas de medicina graduaban personal insuficiente y mal distribuido, con un exceso de especialistas frente a médicos generales, y promovió activamente la formación de auxiliares, médicos generales y técnicos. García es, para Cueto, el antecedente clave de que la historia puede tener aplicación directa sobre la política sanitaria.

El texto también reconstruye el otro lado del diálogo: cómo los organismos de salud fueron convocando cada vez más a historiadores. Cueto menciona una reunión organizada por la OPS que reflexionó sobre el origen de los problemas de la salud pública rastreando su trayectoria biomédica, de la que salió el libro “The Crisis of Public Health: Reflections for the Debate”, y la Iniciativa de Aprendizaje Conjunto sobre Recursos Humanos para la Salud, lanzada por la Fundación Rockefeller en 2002, que organizó su trabajo en siete grupos temáticos, uno de los cuales se llamó directamente “Historia” y se dedicó a examinar el origen de los problemas del personal de salud en países en desarrollo. Al mismo tiempo, distintos estudios académicos empezaron a cuestionar el trabajo histórico de organismos como la propia Fundación Rockefeller, señalando que sus políticas de salud podían estar articuladas por intereses económicos de las clases dominantes (aumentar la productividad de la fuerza de trabajo, reforzar una élite médica), y otros trabajos, no necesariamente ligados a la Rockefeller, plantearon que detrás de muchos sistemas nacionales de salud había en realidad una motivación de control social, y criticaron las campañas verticales que buscaban soluciones tecnológicas rápidas en lugar de atacar causas estructurales.

A partir de esa reconstrucción, Cueto describe una tensión que persiste hasta hoy entre historiadores y funcionarios de salud, y que no ve como un problema a eliminar sino como una oportunidad. Los funcionarios de salud suelen priorizar estudios orientados a resultados y a políticas concretas, y consideran que los historiadores no siempre prestan la debida atención a esa urgencia práctica; los historiadores, en cambio, ponen el foco en el contexto, las motivaciones, el diseño de cada intervención sanitaria, los procesos de negociación entre distintos niveles políticos, y en las metáforas culturales que rodean a cada época (el trabajo de Sontag es, en este sentido, un ejemplo perfecto de esa mirada). Cueto sostiene que ambos lados tienen que hacer concesiones y respetarse como comunidades que hacen trabajos distintos, que a veces coinciden pero no siempre.

El cierre del texto es a la vez optimista y exigente. Cueto identifica una “ventana de oportunidad” en el contexto de la globalización, donde historiadores y funcionarios de países antes llamados “periféricos” pueden mostrar que sus experiencias históricas particulares sirven para comprender problemas de salud actuales de manera integral. Señala además líneas de investigación todavía poco exploradas, como la relación entre la construcción del género y el papel histórico de parteras y enfermeras, o el estudio de la segunda mitad del siglo XX, un período mucho menos investigado que las primeras décadas del siglo, cuando surgieron las economías de exportación y los primeros servicios nacionales de salud. Pero advierte que, para que ese diálogo funcione sin volverse “algo decorativo”, la historia de la salud necesita historiadores profesionales dispuestos a mantener su independencia y su capacidad crítica, y expresa la esperanza de que, con el tiempo, los cursos de historia de la salud se vuelvan obligatorios en las escuelas de salud pública de la región.


Metáfora de la enfermedad

Para Sontag, es el conjunto de imágenes morales y culturales (castigo, invasión, guerra, pecado) que la sociedad superpone a una enfermedad además de su realidad biológica. Estas metáforas cambian según la época y la enfermedad: no son inocentes, porque moldean cómo se trata a quien está enfermo. Sontag propone reconocerlas para poder despojar a la enfermedad de ese peso simbólico innecesario.

Doble ciudadanía

Imagen con la que Sontag describe que todas las personas nacen con pasaporte al “reino de los sanos” y al “reino de los enfermos”, aunque prefieran usar solo el primero. Sirve para recordar que la enfermedad no es una excepción ajena a la vida social, sino una condición que tarde o temprano todos vamos a habitar, y que por eso merece ser pensada con la misma seriedad que la salud.

Epidemia (en sentido histórico)

Según Rodríguez Ocaña, no es simplemente una enfermedad frecuente, sino una categoría de amenaza grave para la sociedad: se caracteriza por su rápida extensión, su alto número de casos y su letalidad, y produce siempre una reacción colectiva de desconcierto, miedo y desorden social, más allá del agente biológico específico que la origine.

Contagio vs. infección (miasma)

Dos explicaciones históricas rivales sobre cómo se propagan las enfermedades: el contagio suponía transmisión directa entre personas, mientras que la teoría de la infección (o causalidad atmosférica) atribuía la enfermedad al aire viciado o “miasma”. Ambas ideas convivieron durante siglos y recién se fusionaron en una explicación única con el desarrollo de la microbiología, a fines del siglo XIX.

Cuarentena

Medida de aislamiento poblacional, distinta de la huida individual, pensada desde una lógica de salud comunitaria. Se originó en la Ragusa veneciana (hoy Dubrovnik) en 1377 para controlar barcos sospechosos de proceder de zonas epidemiadas, y con el tiempo se extendió a comunicaciones terrestres y poblaciones enteras, acompañada muchas veces de cordones militares.

Chivo expiatorio (víctima propiciatoria)

Grupo social señalado como responsable de una epidemia para dar una explicación y un blanco al miedo colectivo, aunque no tenga relación causal real con la enfermedad. Duby muestra este mecanismo tanto en la peste negra (judíos y leprosos acusados de envenenar pozos) como en el Sida (estigmatización de comunidades homosexuales y usuarios de drogas).

Historia celebratoria de la medicina

Modelo historiográfico tradicional que narra la medicina como una sucesión ininterrumpida de descubrimientos y progresos, sin detenerse en sus conflictos sociales, políticos o económicos. Cueto explica que este modelo dominó buena parte del siglo XX y entró en crisis en los años ochenta frente a la aparición del Sida y el cuestionamiento del rol del Estado.

Historia social de la salud

Enfoque historiográfico que analiza la salud y la enfermedad como fenómenos atravesados por relaciones de poder, contexto económico, negociaciones políticas y representaciones culturales, en diálogo crítico con la salud pública. Se consolidó en América Latina durante los años ochenta y noventa, junto con la democratización de la región.


Dimensión Peste negra (1348) VIH/Sida (años 80)
Interpretación moral dominante Castigo divino por el pecado colectivo Castigo por conductas consideradas transgresoras
Grupo señalado como culpable Judíos y leprosos, acusados de envenenar los pozos Comunidades homosexuales y usuarios de drogas
Vía de expansión asociada al progreso Rutas comerciales genovesas y venecianas hacia Asia Movilidad global y redes de contacto modernas
Medida de aislamiento propuesta Cuarentenas y encierro de leprosos Propuestas de aislamiento de personas con VIH (ej. Le Pen)
Respuesta solidaria registrada Voluntarios que enterraban muertos y cuidaban enfermos Redes de apoyo y activismo comunitario